La misma cruz.


Nací en 24 de Octubre de un año que será recordado en España por el intento de un golpe de Estado y por un invierno frío y blanco. La ciudad en la que asomé la cabeza carece ya de nombre en mi mente, porque perdí todo arraigo a la tierra (no a la gente) cuando descubrí que mi patria era el norte y no donde me tocó nacer. Dicen de mi que fui una niña feliz y sonriente, que soñaba con escribir y escribia que soñaba... Ahora vuelvo trocitos de mi, pequeños relatos y versos dispersos. Quiero llenar tus rincones con ellos, si me dejan y si no... los mismo clavos son puntos suspensivos, pequeños suspiros lanzados al aire que quizás nunca nadie llegue a ver... soy apenas un pensamiento un camino extraño que apenas sabe donde va. inquieta, curiosa, tierna y dura... los mismos clavos soy yo.



Otros Clavos:
Clavos de siempre
Todo es de color
Cimodare-Visceralia
Hero
Clavos con pañoletas
Gata Siamesa Constante
Delfin Mular
Reyezuelo
Tukan
Ballena de Música
Kintaski
Coloreando el tiempo
La senda del Guerrero
Aguila en Libertad
Clavos de todos lados
Las Cronicas Perdidas
El Mundo de Danae
The desert of the real
Little Rose
Yerlyn
Arte y más arte
Dimelo en la calle
Piedras y Gemas
Albert
Lugar soñado
ScrapeadoraBiodanzante
Mirando al cielo





Noche Jerezana

Se puso de puntillas porque quería tocar el cielo con las puntas de los dedos. Solo quería bajarse la luna a la cama, para que su luz y calor la velara cuando no podía dormir. 

Y, descalza, de puntillas miraba la calle adormecida que fue el ricón de su infancia, donde aprendió a caminar y se cayó de la bicicleta que Melchor, Gaspar y Baltasar dejaron bajo una pila de libros; donde rió y lloró a veces de alegría, a veces de tristeza; donde las calles se asombraban del olor del azahar y el vino que se escapaba de las bodegas; donde de niña, jugaba con otras personas que un día crecieron y se marcharon; donde cada calle le parecía tan íntima y familiar como el pasillo de su casa; donde corrió, jugó al elastico y pasó miedo una noche de verano jugando al escondite.

Miraba las calles que un día la vieron crecer y cambiar, sin darse cuenta ella misma. Donde los zapatos pasaron de un 12 a un 41, sin ver como crecía. Donde la besaron y besó. Donde los rincones se llenan de recuerdos.

Vió como las cosas eran iguales y tan distintas, que apenas podía reconocer los paisajes de su infancia, su adolescencia, aunque eran tan iguales... a ella le parecían tan distintos. Hasta los bancos, las fuentes, las noches habían cambiado.

El olor de la azucarera era otro, o era el mismo, pero ella había cambiando... y mientras sus pensamientos se enredaban con miles de recuerdos que bajaban la calle Medina, cruzaban el patio del Colegio San José, paseaban por la calle Larga, llegaban a la Plaza Estevez, corrian con el aire en la Alameda del Banco, siempre rápidos, la muralla, volvían por Santiago, besaban la Porvera, el Arenal, la calle de los Bomberos, el  cine olvidado del Astoria y volaba sobre el Retiro, el Parque Atlántico, Ciudasol, la calle Fresa, las Delicias, Caballero Bonald, Pescadería Vieja, Divina Pastora, la plaza del Caballo,  la Asunción, y la plaza Plateros que se llenaba de noches de antes, el parque de la Unión, paseos por el Poligono y risas en el Hontoria, y las noches de Comedia. La mente volaba y la dejaba sola, de puntillas, descalza, sin sentir más que ese aire que la llevaba por la oscura noche jerezana. No vió que tenía las llaves en la mano, pensando si salir a dar una vuelta, ahora que todo dormía y quizás, solo quizás, se mantenía como antes.

Una voz le preguntó, ¿Dónde vas?

Y respondió que no iba a ningún lado, que se quedaba en el balcón, donde podía tener los sueños que quisiera y donde nada había cambiado. Al fin y al cabo, decía, los sueños caben en cualquier rinconcito.

 


Autor: mara     Publicado el 12-07-2010 Ver Comentarios( 1 )



Escribo

Escribo. Sólo son palabras que se lleva el tiempo. A veces me pregunto porque las personas escribimos. Algunas lo hacen porque les gusta, sencillamente; otras lo hacen porque tienen mucho que comunicar; otras por trabajo o costumbre. Algunas, como yo, por necesidad.

Algunos días, me levanto con la terrible necesidad de llanar mis caminos de letras. Relatos sueltos, susurros al aire, inicios y finales. Cuando me despierto, esos días, mi mente no deja de hacer runrun y entonces necesito sentarme, al papel y al bolígrafo, al teclado o a la libreta pequeña que va en mi bolso, y volcarlo todo. Como una planta que germina y empuja la tierra, el relato me empuja a sacarlo fuera.

Las tardes de silencio me llenan de ruidos. A veces, cuando estoy sola mi mente empieza a dibujar, en forma de palabras, lo que llevo por dentro y escribo. No puedo olvidar aquellas tardes de otoño, cuando sólo seis años cargaban sobre mí el peso de la existencia. Y la gente decía: de mayor quiero ser maestra, de mayor quiero ser policia, de mayor quiero ser bombero. Y yo decía: de mayor quiero ser escritora.

He autoeditado un libro, el Colegio de España ha publicado uno de mis relatos en sus Cuadernos del Lazarillo, gané muchos premios de pequeña, en el colegio y el instituto. Escribí cada vez que la soledad llenaba el rincón de mi cuarto en la residencia de Salamanca. Llené hojas y hojas, que luego perdí. Escribí dos novelas que accidentalmente, acabaron en un vertedero de una ciudad con nombre de vino.

Ya soy mayor, y no soy escritora. Soy muchas cosas, mejores  y peores, un cúmulo de emociones, de sentimientos y palabras. Un añadido diario de cosas que pasan, que hago o que digo.

Sale el sol y se pone, cada día por el mismo lugar; mientras yo sigo el ritmo de la vida que no quise tener cuando era niña.

Tienes que dejarte llevar. Es la parte importante del juego.

Pero algunas mañanas, cuando me levanto, sólo pienso en escribir. Y entonces, soy escritora.

 

 


Autor: mara     Publicado el 05-07-2010 Ver Comentarios( 8 )


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